LA CONSTITUCIÓN DE 1812 Y LOS VERDADEROS LIBERALES (Carlos Hermida)

                                                                                        Con motivo del 200 aniversario de la Constitución de 1812 y los fastos que se organizaran este mes de Marzo en Cádiz,, el Historiador Carlos Hermida, atendiendo a una petición de Repúblicanos Andalucía ha escrito este artículo dónde se aborda  el tema.
 

                               La Constitución de 1812 y los verdaderos liberales

                                                                                       (Carlos Hermida)

La conmemoración del bicentenario de la Constitución de 1812  va a estar acompañada, como en otros eventos similares, de innumerables conferencias, seminarios, congresos y actos oficiales. Y como ya ha sucedido en otras ocasiones, la tergiversación, la manipulación y la retórica grandilocuente sustituirán a la veracidad histórica. El gobierno del Partido Popular no va a desaprovechar la ocasión para difundir un discurso en el que intentará equiparar el liberalismo gaditano con sus proclamas neoliberales  en las que se entremezclan las recetas de los economistas más reaccionarios con las ocurrencias ideológicas fascistoides de Jiménez Losantos, César Vidal y Pío Moa. La etiqueta liberal bajo la que se cobijan Ana Botella, José María Aznar, Esperanza Aguirre y toda la camarilla dirigente del PP es un artificio lingüístico que esconde un profundo desprecio hacia la democracia.

 

            Conviene dejar claro que la Constitución de 1812 y la amplísima obra legislativa de las Cortes de Cádiz marcaron un hito en la historia contemporánea española por su carácter revolucionario. El texto constitucional establecía el principio de la soberanía nacional, la división de poderes, la obligatoriedad de pagar impuestos para todos los españoles, el sufragio universal masculino indirecto, las garantías jurídicas para los ciudadanos, la enseñanza primaria obligatoria y la libertad de expresión. Junto con la legislación elaborada entre 1810 y 1813, todo ello suponía la liquidación del Antiguo Régimen y la implantación del régimen liberal. Desaparecían la sociedad estamental, los privilegios y la monarquía absoluta,  y en su lugar se establecían la igualdad jurídica, la monarquía constitucional y se eliminaban las trabas para el desarrollo del capitalismo.  La Constitución gaditana fue el primer intento de revolución burguesa en España.

 

            Tampoco se deben olvidar las especiales circunstancias en las que actuaron los diputados reunidos en Cádiz. El primer liberalismo español es inseparable de la crisis política provocada por la guerra contra los franceses. Una contienda bélica en cuyo desencadenamiento tuvo una enorme responsabilidad la monarquía borbónica.      

                           

             La Guerra de la Independencia (1808-1814) no fue un levantamiento unánime de los españoles contra el invasor en defensa de la monarquía tradicional y la fe católica, tal y como difunde cierta historia oficial. Fue un proceso mucho más complejo en el que se entrecruzaron proyectos políticos diferentes en una coyuntura de crisis del Antiguo Régimen, y los orígenes del conflicto bélico no hay que buscarlos solamente en la ambición imperial de Napoleón Bonaparte y su proyecto de hegemonía francesa sobre el continente europeo. Están ligados también, y de forma muy directa, a las luchas internas de la monarquía española.

 

            En la noche del 17 al 18 de marzo de 1808 se produjo el denominado motín de Aranjuéz, instigado por el príncipe Fernando, hijo de Carlos IV, sectores de la nobleza y del clero, con el objetivo de apartar del gobierno a Manuel Godoy, responsable de la política española desde 1793, y conseguir la abdicación de Carlos IV en su hijo. Los amotinados lograron sus dos objetivos. Godoy fue detenido y depuesto de sus cargos y Carlos IV se vio obligado a abdicar. De esta forma, Fernando VII se convirtió momentáneamente en rey, arrebatando el trono a su padre, quien recurrió a Napoleón  para recuperar lo que había perdido de tan mala manera. La carta que dirigió al emperador francés no tiene desperdicio:

 

Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas, y no verá con indiferencia a un rey que, forzado a renunciar la corona, acude  a ponerse en los brazos de un gran monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y de sus fieles vasallos.

 

Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias (…)

Yo fui forzado a renunciar, pero asegurado con plena confianza en la magnanimidad y el genio del hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la Reina y la del Príncipe de la Paz.

Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez, y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M.I. (…)

                            

Ante estas circunstancias, Napoleón, cuyas tropas habían entrado en España tras la firma del Tratado de Fontainebleau (1807), consideró que la incapacidad y corrupción de la monarquía española permitiría sin grandes dificultades la anexión de España al imperio francés. Llamados por el emperador a Bayona, Carlos IV y Fernando VII acudieron con presteza a la cita y allí, en presencia de Napoleón, padre e hijo discutieron, se insultaron, y terminaron abdicando en Bonaparte, a cambio de varios castillos en Francia y una renta de 30 millones de reales. De esta manera bochornosa, los Borbones traicionaron y vendieron a su propia patria, cuando eran los máximos responsables de su defensa e independencia. Napoleón nombró rey de España a su hermano José I y Fernando VII pasó a vivir un exilio dorado en Francia.

 

La sublevación madrileña del 2 de mayo, simultánea a los acontecimientos de Bayona, fue un levantamiento popular. La nobleza permaneció encerrada en sus palacios y los militares en sus cuarteles, a excepción de un puñado de oficiales que decidió enfrentarse a los franceses desobedeciendo las órdenes de sus superiores. Los jefes militares hicieron gala de cobardía, indignidad y traición.

 

La guerra adoptó desde sus inicios planteamientos revolucionarios. Frente a la parálisis y colaboracionismo de las autoridades tradicionales, surgieron unos nuevos órganos de gobierno que asumieron el poder y la soberanía. Fueron las Juntas, en principio locales y poco después provinciales, hasta la formación de la Junta Suprema Central, quienes se encargaron de organizar y dirigir la resistencia. Aunque en la mayoría de los casos estaban integradas por personas notables que provenían de los grupos dirigentes del Antiguo Régimen, su propia existencia suponía una ruptura con   la organización política del anterior absolutismo monárquico. Por otra parte, la temprana derrota del ejército propició una nueva forma de lucha:  la  guerrilla.  Se trató de un tipo de guerra irregular en el que partidas integradas fundamentalmente por campesinos, artesanos y miembros del clero hostigaban de forma continuada al ejército francés, atacando los destacamentos que protegían cargamentos de víveres o municiones, cortando vías de comunicación, destruyendo almacenes, etc. Contando con el apoyo de la población y el conocimiento del terreno, y evitando siempre los enfrentamientos a campo abierto, los guerrilleros obligaron a Napoleón a mantener en España un fuerte contingente de tropas para asegurar las principales ciudades. 

 

Es evidente que la mayor parte de los españoles rechazaron la presencia francesa, pero hubo una minoría, los afrancesados, que colaboraron  con José I. Algunos lo hicieron por oportunismo  político, pero otros pensaban sinceramente que la nueva monarquía pondría en marcha reformas económicas y administrativas y modernizaría  el Estado. Y no les faltaba razón. Dentro de sus limitaciones, José I  suprimió la Inquisición, abolió la jurisdicción señorial, eliminó las aduanas interiores e inició la desamortización eclesiástica. Además, España tuvo durante esos años su primer texto constitucional, el Estatuto de Bayona, concedido por el propio Napoleón, en el que se suprimía los privilegios estamentales. El hecho de que la mayoría de los españoles rechazara la monarquía josefina no debe ser un obstáculo para reconocer que estas reformas constituyeron un claro avance respecto al absolutismo de Carlos IV, y el cruel despotismo aplicado por Fernando VII a partir de 1814 nos inclina a pensar, con la perspectiva que dan doscientos años de distancia, que el triunfo sobre los franceses fue un auténtico desastre para la mayoría de los españoles.

 

Los que decidieron enfrentarse con los franceses mantenían posiciones políticas e ideológicas muy diferentes. El clero, que tuvo una participación importantísima en la resistencia, luchaba por la continuidad del Antiguo Régimen, el absolutismo monárquico,  los privilegios de la Iglesia y el mantenimiento de la Inquisición. Clérigos y frailes, como el cura Merino o “El Trapense”, para quienes Napoleón era la encarnación del mal, llamaron a la lucha y participaron activamente en la guerrilla.

 

 En el sector opuesto figuraban los liberales, quienes comprendieron que la situación revolucionaria abierta por la guerra ofrecía el marco adecuado para desmantelar el Antiguo Régimen , establecer en España una monarquía constitucional y poner en marcha las reformas necesarias para la implantación plena del capitalismo. Representantes de los intereses de la burguesía, su programa político se concretó en la Constitución de 1812. Sin embargo, los decretos, las leyes y la propia Constitución elaborada por las Cortes gaditanas sólo podrían aplicarse tras la expulsión de los franceses y el retorno de Fernando VII. Y aquí residió el gran error y la enorme  tragedia de esos liberales. Mientras combatían por la vuelta  del que consideraban el rey legítimo, Fernando VII , conocido como El Deseado, vivía tranquilamente en el castillo-palacio de Valencay, enviando escritos de adhesión a José I, felicitando a Napoleón por sus victorias y solicitando al emperador que le convirtiese en su hijo adoptivo. 

 

            Los liberales no sólo pecaron de ingenuos al confiar en un individuo tan indeseable como Fernando VII, sino que tampoco fueron capaces de romper la influencia de la Iglesia sobre el campesinado. Para ello hubiese sido necesario dar una salida revolucionaria a la propiedad señorial de la tierra. Las Cortes abolieron los señoríos jurisdiccionales, pero no entregaron la tierra a los campesinos, lo que impidió forjar una alianza entre las masas campesinas y la burguesía urbana, Sin esa alianza, el primer intento de revolución liberal-burguesa iniciado en Cádiz estaba condenado al fracaso. La derrota de los franceses fue una amarga victoria para el pueblo español. El regreso de Fernando VII en 1814 marcó el inicio de una larga etapa de despotismo y opresión. La Constitución de 1812 fue suprimida, se restableció el Antiguo Régimen y los liberales fueron  perseguidos con saña, encarcelados y fusilados.

 

No faltará en esta conmemoración el discurso ritual de Juan Carlos I    ensalzando las virtudes cívicas de los legisladores gaditanos y su patriotismo. Habrá que refrescarle la memoria y recordarle públicamente que muchos de esos patriotas fueron asesinados por un antepasado suyo. Y en  cuanto a los “liberales” del Partido Popular, son lo más parecido a la camarilla fernandina que condenó a muerte a Mariana Pineda y a Rafael de Riego.                                                                      

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Una respuesta a “LA CONSTITUCIÓN DE 1812 Y LOS VERDADEROS LIBERALES (Carlos Hermida)

  1. Me encanta este articulo.

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